Muchos creen que hacer periodismo en tiempos de redes sociales es tan sencillo como soplar un globo.
Quizás ese pensamiento se sustenta en la variedad de herramientas que plataformas como TikTok, YouTube e Instagram facilitan para la creación de contenido y su difusión.
O por los paquetes publicitarios a bajo costo para lograr un alcance tres veces mayor al que registran medios tradicionales como la televisión y la radio.
Sin embargo, el universo de las redes sociales también cuenta con una letra menuda de un contrato que muy pocos se atreven a leer.
No importa cuánto diseño tenga un carrusel de Instagram; si no se publica durante la primera hora en que se registró la noticia, no habrá posibilidad de obtener un buen número de interacciones con dicho contenido.
Esto se debe a que las audiencias en internet valoran lo inmediato por encima de la investigación, la objetividad y la calidad de los elementos multimedia.
Por ello, es muy común encontrar publicaciones con faltas de ortografía e imágenes de baja resolución que consiguen un sinfín de comentarios, me gusta y compartidos, por el solo hecho de ser los primeros en comunicar.
Una de las cosas más frustrantes del ejercicio periodístico en redes es la continua violación de los derechos de autor.
No se entiende el porqué: creadores de contenido, medios de comunicación y periodistas independientes usan las fotografías, videos y audios que un reportero se esforzó por obtener, y ni siquiera le otorgan los créditos en algún rincón de su publicación.
¿Se puede demandar? Sí, pero se ha convertido en una práctica sistemática que representa un desgaste mental, económico y del aparato judicial.
Hasta el año 2020, las agencias de comunicaciones, artistas, políticos y deportistas se esforzaban genuinamente por establecer contacto con la prensa, para dar a conocer sus proyectos y propuestas de interés general.
Con el ‘boom’ de las redes sociales durante el confinamiento por la Covid-19, muchos de ellos le restaron importancia a los medios, ya que sus cientos de miles de seguidores, al parecer, les son suficientes para amplificar su mensaje.
Ahora es la figura pública quien le pregunta al periodista cuáles son sus números en redes, para decidir si le concede una entrevista.
O por los paquetes publicitarios a bajo costo para lograr un alcance tres veces mayor al que registran medios tradicionales como la televisión y la radio.
Sin embargo, el universo de las redes sociales también cuenta con una letra menuda de un contrato que muy pocos se atreven a leer.
El que llega de primero se lleva el engagement
No importa cuánto diseño tenga un carrusel de Instagram; si no se publica durante la primera hora en que se registró la noticia, no habrá posibilidad de obtener un buen número de interacciones con dicho contenido.
Esto se debe a que las audiencias en internet valoran lo inmediato por encima de la investigación, la objetividad y la calidad de los elementos multimedia.
Por ello, es muy común encontrar publicaciones con faltas de ortografía e imágenes de baja resolución que consiguen un sinfín de comentarios, me gusta y compartidos, por el solo hecho de ser los primeros en comunicar.
Lo tuyo es mío, y lo mío es de todos
Una de las cosas más frustrantes del ejercicio periodístico en redes es la continua violación de los derechos de autor.
No se entiende el porqué: creadores de contenido, medios de comunicación y periodistas independientes usan las fotografías, videos y audios que un reportero se esforzó por obtener, y ni siquiera le otorgan los créditos en algún rincón de su publicación.
¿Se puede demandar? Sí, pero se ha convertido en una práctica sistemática que representa un desgaste mental, económico y del aparato judicial.
Las fuentes ya no quieren hablar
Hasta el año 2020, las agencias de comunicaciones, artistas, políticos y deportistas se esforzaban genuinamente por establecer contacto con la prensa, para dar a conocer sus proyectos y propuestas de interés general.
Con el ‘boom’ de las redes sociales durante el confinamiento por la Covid-19, muchos de ellos le restaron importancia a los medios, ya que sus cientos de miles de seguidores, al parecer, les son suficientes para amplificar su mensaje.
Ahora es la figura pública quien le pregunta al periodista cuáles son sus números en redes, para decidir si le concede una entrevista.
‘Tap tap’ a la pantalla para financiar
Quien hace periodismo independiente, sabe que es necesario acumular una cantidad enorme de visualizaciones para monetizar en YouTube y TikTok.
En caso de no obtenerlas, tiene que dejar a un lado la timidez y pedirle a sus seguidores aportes voluntarios para financiar su labor.
El acceso a equipos, la investigación y la edición son actividades que implican costos difíciles de sostener a lo largo del tiempo.
Entonces, si no hay un músculo financiero detrás de este oficio, no se puede ofrecer un producto de calidad que se ajuste a las exigencias del mercado digital.
Por esto y muchos detalles que se quedan en el tintero, las nuevas generaciones de profesionales en periodismo optan por direccionar sus carreras hacia el marketing y la publicidad, antes que caminar por los senderos de la reportería.
Por esto y muchos detalles que se quedan en el tintero, las nuevas generaciones de profesionales en periodismo optan por direccionar sus carreras hacia el marketing y la publicidad, antes que caminar por los senderos de la reportería.
